Como si esa frase le hubiera abierto una puerta incómoda.
Me pidió un vaso de agua.
Se lo di.
Mientras bebía, miró alrededor de la sala.
Los cuadros de mi madre.
La escalera.
Los muebles antiguos que Fernando siempre había presentado como “nuestra vida”.
Por primera vez, comprendió algo:
casi nada de lo que decía era cierto.
Les di una hora para que se fueran.
El cerrajero estaba esperando abajo.
Fernando alternaba entre el orgullo y la súplica.
Me llamó resentida.
Me recordó las vacaciones, las cenas, los aniversarios, el día de nuestra boda en San Miguel de Allende .
Como si un cúmulo de recuerdos pudiera borrar tres años de doble vida.
Entonces cambió de estrategia e intentó intimidarme:
—Si me hundes, te hundo contigo.
Mariana deslizó otra carpeta sobre la mesa:
—Aquí tiene el borrador de la denuncia penal y el informe pericial.
Puede elegir el que prefiera.
Salió de casa con el rostro pálido y las manos vacías.
Camila lo siguió.
Pero dos días después me llamó.
Nos conocimos en una cafetería de Polanco .
Llegó sin maquillaje,
con Mateo dormido en el cochecito
y una serena timidez en el rostro.
Me contó que Fernando le había dicho algo:
que yo era prácticamente su exesposa.
Que habíamos estado durmiendo separados durante años.
Que la empresa era suya.
Le mostré, sin teatralidad, todo:
dos escrituras, varios extractos, el acta de rescisión notariada.
No lloró.
Simplemente asintió una vez.
Un asentimiento prolongado, como el de alguien que termina de cerrar un capítulo desagradable.
—Así que nos mintió a los dos —dijo ella—.
Sí.
No nos hicimos amigos.
No fue eso.
Pero nos levantamos de esa mesa entendiendo el mismo problema.
Esa misma semana, Camila dejó el apartamento en Guadalajara .
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