Uno de los factores más comunes tiene que ver con la cercanía cotidiana. Durante los primeros años de vida de un niño, normalmente son los padres quienes deciden con qué frecuencia se visitan los familiares. En muchos casos, la madre suele tener un rol dominante en la organización familiar y en la relación con ambos lados de la familia. Si existe una relación distante, incómoda o complicada entre la madre y la abuela paterna, eso puede terminar afectando indirectamente el contacto con los nietos.
No necesariamente tiene que haber un problema grave. A veces basta con diferencias de personalidad, opiniones distintas sobre la crianza o simplemente la falta de costumbre de compartir constantemente. Hay familias donde la relación fluye de manera natural, pero en otras todo se vuelve más formal y menos espontáneo. Con el tiempo, esa falta de cercanía puede crecer sin que nadie se dé cuenta.

También influye mucho la separación de los padres. Cuando una pareja se divorcia o deja de convivir, las dinámicas familiares cambian completamente. En muchos casos, los niños permanecen más tiempo con la madre y, por consecuencia, mantienen un contacto más frecuente con la familia materna. Esto no significa que exista mala intención hacia la familia paterna, sino que la rutina termina inclinando la balanza hacia el lado donde los niños pasan la mayor parte de su tiempo.
Hay abuelas paternas que sienten un enorme vacío después de un divorcio familiar. Algunas incluso expresan que sienten haber perdido no solo la relación con sus hijos, sino también con sus nietos. Y aunque quieran mantener el vínculo, muchas veces dependen de permisos, horarios o acuerdos que no siempre son fáciles de manejar. Poco a poco, las visitas disminuyen y la conexión emocional puede debilitarse.