“Nos dirigimos a las montañas. ¿Por qué? ¿Qué pasó?”
Su voz se quebró.
“Me llamaron del hospital. Dijeron que Javier tuvo un accidente de coche y falleció. Me pidieron que fuera a identificar el cuerpo. Elena, ¿qué está pasando?”
Se me entumeció la mano. A mi lado, Javier frenó bruscamente. El coche se desvió hacia el arcén. Agarró mi teléfono, pálido como la ceniza.
“Mamá, ¿de qué estás hablando? ¡Estoy aquí! ¡Estoy viva!”
Pero Carmen seguía llorando, insistiendo en que el hospital tenía su nombre y la matrícula de un coche registrado a su nombre.
Entonces el hospital llamó directamente.
El médico explicó que se había encontrado un cadáver calcinado en un vehículo que contenía la identificación de Javier. La familia ya había acudido para identificarlo.
Javier miraba al frente, empapado en sudor.
Alguien había planeado su muerte.
Y de repente comprendí la horrible verdad: la trampa que me había tendido había fallado. Alguien más había muerto en su lugar.
Corrimos de vuelta al hospital. Allí, sus padres casi se desmayan al verlo con vida. Un médico confirmó que el cuerpo, calcinado, estaba irreconocible y que el caso requería una investigación policial.
La policía interrogó a Javier. Parecía conmocionado, pero vi que algo más volvía a su mirada: una fría determinación. Ya estaba intentando recuperar el control.
Esa noche recibí un mensaje anónimo:
“Si quieres saber quién murió en lugar de tu marido, ven mañana a las 7 a la cafetería que está enfrente del hospital. No se lo digas a nadie.”
Fui.
Un hombre delgado de mediana edad se sentó frente a mí y deslizó una fotografía sobre la mesa. En ella se veía a un joven gravemente quemado.
—Ese era mi sobrino —dijo—. Se llamaba Marcos.
Se me heló la sangre.
“¿Por qué llevaba puesta la ropa de mi marido?”
“Porque tu marido le pagó para que muriera en su lugar.”
Me puso una grabación. La voz de Javier era inconfundible, orquestando todo. Marcos estaba ahogado en deudas, y Javier le ofreció dinero para que fingiera el accidente. Pero Marcos había oído más: descubrió el plan de Javier para matarme también.
El hombre me miró y dijo:
“Mi sobrino ha muerto. No quiero que su muerte quede sepultada bajo las mentiras de tu marido. Tu testimonio es la clave definitiva.”
Asentí con la cabeza.
En ese momento, supe que no había vuelta atrás.
Al día siguiente, la policía volvió a citar a Javier. Esta vez, también me llamaron a mí.
Al otro lado de la sala de interrogatorios, me miró con una incredulidad gélida.
“¿Qué estás haciendo aquí?”
Sin decir palabra, coloqué la unidad USB sobre la mesa.
Los agentes reprodujeron la grabación. Javier palideció. Les conté todo: la conversación que escuché, el plan de la montaña, la muerte de Marcos, la reunión con su tío.
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