Ni la cocina.
Ni el garaje.
Mi oficina.
Los documentos no eran una excusa vaga.
Necesitaba algo específico.
Y creía que aún estaba dentro.
Apreté la carpeta azul contra mi pecho.
“Oficiales, quiero que lo saquen de la propiedad”.
Rodrigo soltó una risa seca.
“No pueden sacarme de mi propia casa”.
El oficial mayor no se rió.
“Señor”, dijo, “debe abandonar la propiedad por ahora. Reúna sus pertenencias con un abogado o de mutuo acuerdo. No fuerce la entrada”.
Rodrigo lo miró fijamente.
Era hermoso ver cómo la ley decepcionaba a un hombre que había confundido la confianza con la propiedad.
Valeria le susurró algo.
Él la ignoró.
“¿De verdad quieres guerra?”, me preguntó.
“No”, respondí. “Quiero silencio. La guerra es lo que elige la gente cuando ya ha perdido los papeles.”
Su boca se torció.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Abre la puerta, Mariana. No nos obligues a usar lo que tenemos.
Levanté la vista.
Valeria sostenía su teléfono.
Su rostro me indicó que lo había enviado antes de tiempo.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬