Julia tomó la mano de Luna. Richard sonrió con el discreto orgullo de un hombre que finalmente había comprendido que lo que importa no es lo que tienes… sino a quién eliges proteger.
Esa noche, al llegar a casa, la mansión se sentía diferente.
No era grande. No era lujosa. No era perfecta.
Era la vida.
Y Julia comprendió algo que permaneció en lo más profundo de su alma: la vida no siempre te devuelve lo que perdiste de la misma manera… pero a veces te da la oportunidad de amar de nuevo, de ser un refugio, de romper el silencio que hiere a la gente.
Y todo comenzó con una palabra susurrada en una habitación silenciosa… una palabra, desconocida para todos, que pronto enterraría la verdad para siempre.