Se suponía que el hogar debía sentirse como un alivio.
El vuelo de regreso desde Singapur se le hizo interminable, pero Adrian Cole apenas se percató del paso de las horas. Había dedicado tres meses a cerrar una alianza global de alto riesgo para su empresa de tecnología financiera. El acuerdo acapararía titulares, impresionaría a los inversores y aseguraría el futuro de su compañía durante la próxima década.
Nada de eso importaba tanto como una cosa sí importaba.
Hannah.
Ocho años. Ojos curiosos. Una risa capaz de alegrar hasta el día más duro. Le recordaba a su madre, que llevaba mucho tiempo ausente, dejando a Adrian solo con la tarea de ser padre y protector a la vez.
En el asiento trasero de su sedán negro blindado, Adrian miraba fijamente el enorme oso de peluche que había comprado en el aeropuerto. Era ridículo, apenas cabía a su lado, pero ya se imaginaba la cara de Hannah cuando lo viera.
Su chófer, Miles, lo miró por el espejo retrovisor. “¿Señor?”
Adrian parpadeó. “Sí.”
“Ya casi llegamos.”
Adrian exhaló, sintiendo la familiar sensación de hogar en su pecho. Imaginó a Hannah corriendo por el vestíbulo de mármol, con los calcetines resbalando y los brazos extendidos mientras gritaba su nombre. Imaginó el olor a crayones y crema de vainilla, el pequeño caos que siempre traía a la casa como un rayo de sol.
Las puertas se abrieron.
La mansión se alzaba tras ellos como una postal de la perfección. Setos bien cuidados. Fuentes. Senderos de piedra tan limpios que parecían sin usar.
Y sin embargo, algo no funcionaba.
Demasiado silencioso.
Ni música. Ni risas. Ni el repiqueteo de los zapatitos contra el suelo cuando alguien corría hacia la puerta. Ni Hannah.
Adrian apretó con más fuerza la pata del osito de peluche.
Salió del coche con un nudo en el estómago por razones que no podía explicar. El aire estaba cálido, pero sentía la piel helada.
Las puertas de entrada se abrieron lentamente, como si la propia casa no quisiera darle la bienvenida de nuevo.
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