Si no hubiera insistido en replantar yo misma las hortensias aquella mañana, quizás nunca habría visto lo imposible hacerse realidad.
Durante treinta años, creí que mi primer amor había muerto en un incendio que estaba destinado a acabar con nuestra vida. Cargaba con ese dolor como una segunda columna vertebral: rígida, permanente. Pero cuando el camión de mudanzas llegó a la entrada de la casa de al lado y un hombre bajó, mayor y marcado por las cicatrices, mi mundo se tambaleó.
Se movía lentamente, como si décadas le oprimieran los hombros. La luz del sol iluminaba su rostro y, por un instante, creí en los milagros.
La misma mandíbula.
Los mismos ojos.
La misma forma en que se inclinaba hacia adelante al caminar, como si tuviera miedo de perderse algo.
Entré corriendo y cerré la puerta con llave, con el corazón latiéndome con fuerza. Durante tres días evité mirar por las ventanas, contando los coches desconocidos como si fueran una amenaza. A la cuarta mañana, casi me convencí de que lo había imaginado.
Entonces se oyó el golpe. Tres golpes firmes.
—¿Quién es? —pregunté.
—Es Elías —respondió el hombre—. Tu nuevo vecino.
Abrí la puerta lo justo para verlo con una cesta de magdalenas, sonriendo cortésmente. Intenté actuar con normalidad, hasta que se le resbaló la manga.
La piel de su muñeca estaba tensa y brillante, marcada por cicatrices de injertos. Y allí, distorsionado pero inconfundible, estaba el símbolo del infinito que una vez nos habíamos tatuado.
Mi voz se escapó antes de que pudiera detenerla.
“¿Gabe?”
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
