La noticia cayó como un balde de agua fría en todo el continente: Alberto Padilla, una de las voces más respetadas y queridas del periodismo latinoamericano, ha fallecido. Para muchos, él no era solo un comunicador; era una presencia constante, alguien que acompañaba las tardes y noches con análisis que lograban explicar lo que otros complicaban.
Su partida dejó un silencio extraño, como cuando apagas la radio y notas que la casa se queda demasiado quieta. Quienes crecieron escuchándolo, quienes lo vieron abrirse espacio en las grandes cadenas internacionales y quienes lo siguieron en sus proyectos más personales, sienten que se fue alguien cercano.
