Marco se acercó y me abrazó con fuerza.
Sentí su pecho temblar contra el mío.
Mi hijo, el mismo niño al que solía arropar con mantas cuando enfermaba en invierno, lloraba como un hombre que de repente comprende cuánto amor lo ha sostenido sin que él haya podido medirlo completamente.
—Perdóname, mamá —susurró junto a mi oído—. Perdóname por no haberme dado cuenta de que estabas preocupada.
Le acaricié el pelo como cuando era pequeño.
—No tienes nada que perdonarme, hijo. Hoy es tu día.
Pero Lara negó con la cabeza y volvió a tomar mi mano.
—No —dijo, con la voz aún quebrada por la emoción—. Hoy también es suyo.
Se volvió hacia el sacerdote.
—Padre, antes de continuar… ¿puedo preguntarle una cosa más?
El sacerdote, cuyos ojos brillaban como la mitad de la habitación, sonrió y asintió.
Lara se inclinó ligeramente, levantó el dobladillo de su vestido blanco y desabrochó con cuidado un pequeño broche oculto en la costura interior. Era una flor hecha de la misma tela verde que yo llevaba puesta.
Lo sostuvo entre sus dedos.
Luego miró a mi hijo.
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